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La inteligencia artificial y la metamorfosis humana ☝🏻

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La tecnología y su irremediable transformación de las prácticas humanas es un fenómeno que amerita un estudio minucioso, especialmente en una época en la que cada vez hay más acceso a internet y a la inteligencia artificial. Estas herramientas hacen más palpables los problemas sociales. Ningún grupo etario, cultura, religión o afinidad política escapa al dinamismo tecnológico: la IA ha llegado para quedarse. 

Se trata de un fenómeno global. No existe únicamente en Silicon Valley ni en las grandes urbes; está presente en los hogares, en los puestos de trabajo y en las aulas de clase. La inteligencia artificial no es exclusiva de empresas tecnológicas o sectores informáticos. Hoy en día, la IA y el internet están omnipresentes en la mayoría de las actividades humanas. Cada vez somos más codependientes de la tecnología. El ser humano ha comenzado a desdibujarse; estamos transitando una metamorfosis: una especie híbrida entre lo artificial y lo humano. 

El filósofo de la informática Mark Coeckelbergh define muy bien esta fusión entre humano y máquina. Él habla del technoperformance, un concepto que interpreta lo performativo no como transformación, sino como una metáfora del movimiento: cómo la tecnología ha cambiado nuestros comportamientos hasta el punto de convertirse en un apéndice de nuestro cuerpo. Actuamos de manera diferente con el celular que sin él. La IA nos mueve en la medida en que nosotros la movemos a ella, tal como sucede con los dispositivos electrónicos. 

La tecnología nos acompaña, pero en algún momento se apodera de nosotros. No como en las películas de Hollywood —tipo “la rebelión de las máquinas”— en las que los humanos terminamos como baterías y viviendo bajo tierra. El futuro quizás no sea tan apocalíptico como lo muestran los cines, pero eso no significa que no existan riesgos. 

Kai-Fu Lee, uno de los mayores expertos en inteligencia artificial a nivel mundial, afirma que estamos entrando en la cuarta ola de la IA: la era de la autonomía. Una etapa en la que la inteligencia artificial podrá materializarse integrándose con las máquinas: automóviles, tiendas, bares, empresas, lugares de consumo y producción. La IA ya no estará limitada a espacios digitales. En este escenario, el ser humano convivirá con una entidad con mayores capacidades intelectuales. Esta es una visión utópica para los techno-lovers, y una distopía para los techno-fóbicos

Más allá de posturas, hay asuntos urgentes que están siendo invisibilizados. Mientras estamos inmersos y capturados por los algoritmos y el consumismo de una sociedad postcapitalista, los problemas o reflexiones sobre la IA quedan relegados al entorno digital. En muchos casos, son normalizados o caricaturizados como contenido de ciencia ficción que presenta futuros distópicos donde la rebelión de las máquinas es una realidad. 

¿Qué hay detrás del contenido que emiten nuestras pantallas? 
¿Qué sucede más allá de los modelos de producción automatizados por IA? 
¿Qué está pasando con los trabajos manuales en las fábricas? 

Existen miles de preguntas, pero muy pocas respuestas. Esto no debería ser motivo de angustia. Incluso el mito fundacional de la IA fue confuso. Agustín Berti y Javier Blanco, profesionales en computación y humanismo, señalan en su artículo Bases Epistemológicas y Alcances Políticos de la Computación a Gran Escala que los expertos de los años 50 no lograban ponerse de acuerdo sobre cómo conceptualizar esta nueva disciplina. Fue John McCarthy —fundador del famoso congreso de Dartmouth, donde nació el término— quien propuso llamarla “inteligencia artificial”. Otros preferían “cognición computacional” o “computación a gran escala”. Pero el desarrollo fue lento, tanto por la falta de consenso como por la complejidad técnica y la escasa financiación. 

Si los mismos creadores enfrentaron dificultades desde el inicio, ¿qué se puede esperar del ciudadano de a pie? La mayoría de las personas desconoce cómo funcionan los sistemas. Este desconocimiento, sumado a la aceleración de los avances tecnológicos, deja a millones en situación de vulnerabilidad. Hoy existen geeks que desprecian a los neófitos, y hackers que se aprovechan del desconocimiento para obtener beneficios económicos. Pero quizá lo más controversial es cómo las grandes corporaciones tecnológicas también sacan ventaja. Hablamos de un nuevo modelo: el capitalismo informacional, donde la tecnología es el medio para controlar a la población y generar riqueza a través del consumo. Es, en cierto modo, una nueva forma de neocolonialismo

Una de las características más representativas de la IA es que lo que es hoy, mañana puede cambiar. Y para entender su alcance, debemos hablar de su convergencia: no se trata de un solo proceso, sino de muchos. No pertenece a una sola área del conocimiento, sino a todas. Por eso, la inteligencia artificial exacerba el avance del conocimiento de forma inédita. 

Amy Webb, reconocida futurista, advierte que la IA es diferente a todos los anteriores “super ciclos” tecnológicos: el fuego, la rueda, la agricultura, la era industrial, el internet. Todos esos avances tomaron siglos en desarrollarse. La IA, en cambio, avanza de manera exponencial y simultánea en múltiples frentes. 

Pero las preguntas clave persisten: 
 

¿Qué es la IA? ¿Cómo nos afecta? ¿Realmente permea nuestra cotidianidad y transforma nuestras acciones más simples? 

Este tipo de interrogantes cotidianos liberan del exceso técnico o filosófico, y nos acercan a lo evidente. Al sentarme frente al computador, puedo preguntarme: ¿la IA me hace mejor o peor ser humano? 
¿Soy consciente de cómo está afectando nuestras formas de interactuar? 

Con la masificación del internet, se facilitó la ingesta masiva de datos. Todo lo que opinamos como sociedad se impregna en esa data, y los algoritmos —al no tener conciencia ni moral— lo automatizan. Es decir, lo replican. A esto se le llama retroalimentación positiva: un proceso donde la IA no puede producir juicios objetivos porque carece de alma, experiencia o criterio ético. 

Es un proceso de contaminación retroalimentativa: los humanos contaminamos los algoritmos con nuestros sesgos, y ellos nos los devuelven amplificados. Vivimos en un bucle. Tendencias humanas como el racismo, la polarización o la xenofobia han existido siempre, pero ahora se han intensificado gracias a las redes sociales. Los algoritmos inyectan un deseo constante de consumir más contenido. Y si ese contenido está cargado de prejuicios, terminamos expuestos a una avalancha informativa sesgada. 

Esto explica por qué las plataformas digitales nos muestran solo lo que reafirma nuestras creencias. Nos genera placer. Es casi un ansiolítico, un alivio. Pero al mismo tiempo, se elude el pensamiento crítico y se invisibilizan otras formas de ver la realidad. Esto genera una retórica cerrada, incapaz de concebir perspectivas distintas. 

Todos los fenómenos derivados de la IA nos afectan positiva y negativamente, es una realidad que la IA posee problemas y retos para la sociedad, pero en vez de demonizarla es importante reconocer que la IA está naciendo no ha madurado todavía, la IA es como un niño al cuál hay que apoyar, nutrir con buenos datos, corregir y guiar, de esa manera tendremos una IA ética, sin sesgos o prejuicios que hacen tanto daño a la sociedad. 

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